El cuidado de los mayores en el siglo XXI

En España, la esperanza o expectativa de vida  (o mejor, años de vida probable al nacer) no superó los 40 años hasta finalizar el siglo XIX. Es ya una época estadística y los cálculos son bastante precisos. En la España de entonces la mortalidad era bastante elevada, en comparación, naturalmente, con los países llamados industriales. Por eso mismo interesa el contraste con la España de hoy en la que la expectativa de vida supera los 80 años. Es un salto sorprendente, común a otros países desarrollados. Representa el mayor progreso de la Historia humana, comparable al bipedismo (y el consiguiente descubrimiento de la mano) o al uso de la rueda. Ese hecho no solo es sorprendente sino excepcional. Se impone la tentación de prolongar esa reciente evolución para imaginar que dentro de uno siglo la humanidad podrá alcanzar los 200 años de expectativa de vida. Sin embargo, eso es poco probable, aunque esa afirmación sea solo opinativa. Todo en la naturaleza tiene un límite y empieza a saturarse a partir de un cierto momento. Es razonable pensar que la curva de expectativa de vida ha llegado a su cenit, a la asíntota con respecto al eje del tiempo. Es decir, nos aproximamos a un momento en que la curva no va a crecer más. Claro, que de momento tenemos que aceptar el hecho extraordinario de que la población española (y la de otros países desarrollados) va a contar con más viejos que nunca. Es una preocupación pero también un éxito.

 


Otro dato sorprendente es que, durante siglos, parecía natural el hecho de que los varones fueran algo más longevos que las mujeres, a pesar de las guerras. Ahora sabemos que esa superioridad masculina no era natural sino social. Simplemente, los varones se cuidaban más o bien las mujeres permanecían en un estatuto subalterno. Esa época pasó. En el siglo XX (seguimos centrados en la población española) las mujeres empiezan a vivir más años que los varones y cada vez más. La verdadera sorpresa está en que ese movimiento se produce al tiempo en el que las mujeres empiezan a compartir muchas conductas con los varones. La prueba la tenemos en el trabajo, las actividades de riesgo, el consumo de alcohol o tabaco, etc. No es fácil encontrar una explicación a esa diferencia según el sexo. Caben varias interpretaciones. Es cierto que muchas mujeres se han incorporado al trabajo fuera de casa, pero al mismo tiempo siguen desempeñando muchas de las tareas domésticas. Esa simultaneidad puede ser un mayor estrés, pero a la larga significa que muchas mujeres no se jubilan del todo por lo que respecta a las tareas del hogar. Esa decisión les proporciona una mayor capacidad de resistencia vital. Puede que ese razonamiento no resulte muy convincente. Más lo es el hecho de que las mujeres siguen destacando en su papel de cuidar a los niños y ahora, además, a los viejos. Esa función la realizan tanto dentro de la familia como de manera profesional. Puede que esa especialización lleve a las mujeres a cuidarse más de sí mismas, lo que repercute en su mejor salud.

Aparte del dimorfismo sexual señalado, lo que interesa es explicar el hecho fundamental del aumento prodigioso de la expectativa de vida para los dos sexos en el último siglo o siglo y medio. Ha sido un proceso lento, sutil pero firme. Por lo menos se pueden aislar los siguientes factores causales: (1) Alimentación cada vez más variada. La dieta variada es un rasgo específicamente humano, a diferencia de otros mamíferos que suelen tener hábitos muy monótonos. La variedad de nutrientes la necesita sobre todo el cerebro humano. El hombre ha sido omnívoro desde tiempo inmemorial, pero las circunstancias materiales y culturales han obligado a muchas restricciones en la dieta. En España la tendencia hacia una dieta más completa se va abriendo paso poco a poco durante el último siglo. (2) Mejora sustancial de la higiene y la comodidad. Por ejemplo, el dato fundamental del agua corriente no alcanza a la mayor parte de los españoles más que en el siglo XX. (3) Avance sustancial de la atención sanitaria, sobre todo de la anestesia, la cirugía y los antibióticos. También ha mejorado mucho lo que podríamos llamar Medicina preventiva.

Un axioma sociológico es que no hay progreso sin costes, a pesar de las dudas que puede haber al respecto por parte de la población. Por ejemplo, es común la creencia de que algunos servicios públicos pueden ser gratuitos. Lo que mucha gente entiende como gratis es que se paga con los impuestos propios y ajenos. El coste fundamental de la mayor longevidad es que la población cuenta con una fracción creciente de viejos que hay que atender. Esa atención es cara en términos agregados y no se sabe muy bien cómo hay que sufragarla. Cabe una preparación del léxico. En lugar de “viejos” hablamos de “mayores”. Parece que con ese ardid se suaviza la cosa. Aun así, el cuidado de los mayores es una tarea cada vez más costosa, entre otras razones, porque las exigencias sociales son cada vez más altas.

Todavía hoy, cuando pronunciamos la palabra “vida”, pensamos inmediatamente en la procreación, en traer más niños al mundo, en cuidarlos de modo adecuado. Pero ahora caemos en la cuenta de que la “vida” es también su prolongación a través del cuidado de los mayores para que sus últimos años sean más desahogados. Esa ayuda es justa puesto que los mayores han dado muchos años de trabajos y esfuerzos para que la sociedad haya prosperado.

Son muchas las dificultades para organizar el cuidado de los mayores. La inicial es que los hogares son ahora muy reducidos. Hay pocos hijos y los parientes pueden residir a muchos kilómetros de distancia. Eso hace que no sea fácil atender a los mayores por parte de sus allegados de menos edad o con más medios. En la práctica son las mujeres quienes se han ocupado estadísticamente de cuidar a los niños o a los mayores. Aunque no se produzca la lejanía física, en muchos hogares las mujeres adultas suelen ocuparse fuera del hogar, lo que les impide atender bien a los viejos de la familia. Esa incorporación de las mujeres a la vida laboral retribuida se impone por razones fiscales o como respuesta legítima al deseo de realización personal. Ha sido un hecho decisivo para el aumento de la productividad general durante el último medio siglo, aunque también tenga sus costes. La dificultad definitiva para el necesario cuidado de los mayores es que el llamado Estado de bienestar ha llegado al punto de saturación. Es decir, ya no puede allegar más medios para nuevos servicios públicos. El de la atención a los mayores supone un coste creciente. No estaría mal que las familias fueran pensando en que cuidar de los mayores es algo tan necesario como cuidar de los niños.

El problema no es ocasional, debido a la crisis económica. La tendencia demográfica resulta imparable. A partir de 2025 se acumulará una proporción extraordinaria de mayores en la población española. Es el resulta de dos factores confluyentes. Por un lado, llegan a la edad de jubilación las cohortes muy nutridas que nacieron en los años 60 del siglo pasado. Por otro, se acumulan los numerosos mayores que corresponden a los jóvenes y adultos que llegaron masivamente con la inmigración extranjera en torno al cambio de siglo. Encima en los próximos años caminamos hacia un cambio de época en la que el crecimiento económico va a ser muy menguado. La consecuencia es que el Estado de bienestar no va a poder atender el servicio público de cuidado de los mayores. Tendremos que aprender a gestionar
mucho mejor los recursos, tanto los públicos como los privados. El envejecimiento de la población se nos ha echado encima de una forma sistemática, inevitable.

Cuando hablamos de “envejecimiento” hay que comprender varias facetas a la vez. La primera es lo dicho sobre la inesperada e incesante ampliación del estrato de los mayores. Ese problema se agrava porque seguimos manejando la edad convencional de jubilación de los 65 años. Pero ese hiato se definió hace más de un siglo, en una época en la que pocas personas llegaban a superar esos años. En cambio, hoy atraviesan ese límite la mayor parte de los nacidos en la fecha correspondiente. Además, en la práctica es cada vez más frecuente la jubilación anticipada o prematura, incluso a partir de los 50 años. Es evidente el derroche de capital humano que suponen todos esos procesos. Son una forma de disimular el aterrador problema del desempleo, pero contribuyen a una preocupante minoración de la productividad. Añádase la cuestión cualitativa de que muchos jubilados o prejubilados no saben envejecer bien ante esa situación de falta de trabajo estimulante. Todavía hay otra faceta no menos grave. Resulta que la Constitución española dictamina que no se debe discriminar a las personas por razones de sexo, religión y otras características difícilmente cambiables. Lo curioso es que no se hable de discriminación por la edad, que existe. Es evidente que en la práctica se produce una especie de “gerontofobia” por la que los viejos son discriminados por su presencia en los puestos laborales o de representación social. Es una especie de respuesta pendular a la literatura que exalta la vejez, a partir, por ejemplo, del texto clásico de Cicerón. También hay que decir que hay un interesante contrapunto a esa discriminación de los viejos. Resulta que en nuestra sociedad las personas mayores (sobre todo las viudas) acaparan una gran parte del patrimonio, por mucho que también haya muchos viejos desvalidos. Pero eso que misteriosamente llamamos “los mercados” en gran medida son millones de viudas que invierten sus ahorros.

El problema último del envejecimiento está en el cuidado de los mayores con demencia senil u otras incapacidades. Eso es así sobre todo en una edad terminal, digamos a partir de los 80 años. Una solución tradicional era que los abuelos rotaran su residencia en los domicilios de sus hijos. No parece que sea una solución aconsejable. La solución ocasional ha sido en estos últimos años que los mayores en esa edad terminal han sido atendidos por la nutrida colonia de inmigrantes extranjeros, mayoritariamente mujeres. Es una solución ocasional e inesperada porque se va a acabar. No es solo que las mujeres inmigrantes extranjeras prefieran dedicarse a otros trabajos sino que va menguando la corriente inmigratoria de otros países.

Ante las dificultades dichas se impone la profesionalización del cuidado de los mayores en el domicilio respectivo de los atendidos mientras haya posibilidad para ello. Cuando ya no sea posible, habrá que pasar a instalaciones colectivas diseñadas al efecto (residencias, hospitales). Repito que las familias deben tomar conciencia de que, lo mismo que resulta natural cuidar a los niños, ahora habrá que hacerlo también respecto a los mayores. Queda dicho que la “vida” no es solo dar a luz a nuevas criaturas sino alargar la de los mayores en las mejores condiciones.

La cuestión no está en considerar a los viejos como el sujeto pasivo de las atenciones necesarias para sobrevivir con prestancia. Las personas mayores tienen que poner mucho de su parte para “saber envejecer”. Habrá que recordar la idea de Santiago Ramón y Cajal (nuestro longevo premio Nobel de Medicina) de que el envejecimiento es el proceso de pérdida de curiosidad. En su virtud habrá que aprender a ganar la curiosidad que se pierde naturalmente. Por eso son tan aconsejables para los mayores seguir cursos de reciclaje, dedicarse a actividades de voluntariado o emprender viajes. Todo eso existe en España, pero es minoritario. Por la misma razón habría que desaconsejar la jubilación forzosa a una edad, salvo que fueran empleos muy esforzados. Desgraciadamente, ahí intervienen las leyes y las costumbres, por lo que poco pueden hacer los individuos. Aun así, cabe una gran dosis de voluntarismo. No es lo mismo jubilarse de una ocupación que dejar de dedicarse a cualquier otra actividad. Ni siquiera cabe escudarse en los inconvenientes de los achaques, pues incluso de algunas enfermedades se puede aprender a cuidarse mejor. La idea fundamental es que, si los mayores aprendieran a envejecer con mayor prestancia, esa decisión contribuiría a la mejor gestión de los recursos. Por mucho que podamos confiar en la capacidad personal de aprender, no está de más la consideración de que todo se puede enseñar.

El último estadio de la vida en condiciones normales es el de enfermo crónico y luego terminal. Los hospitales no suelen estar bien preparados para esa nueva clientela, que ahora empieza a ser masiva. En todo caso se diseña la figura de los “cuidados paliativos”, que merece un estudio a fondo. Se incluyen ejercicios de rehabilitación, cuya práctica ayuda a soportar mejor ese periodo terminal. Es difícil determinar ese momento, dadas las variaciones individuales que pueden producirse. Un criterio práctico es el del momento en que la buena salud empieza a ser una pausa en la sucesión de las dolencias.

Una de las ventajas que tiene la estadía en un hospital o residencia para mayores es que los pacientes pueden ayudarse entre ellos. Algo parecido sucede a los niños en los primeros años del “cole”. La función de socialización mutua, adventicia como es, acaba trocándose en fundamental. Otro factor común a la situación de dependencia de niños y mayores es que se ven rodeados de mujeres, las grandes cuidadoras. No se sabe bien si ese hecho indica discriminación o se apoya en la prolongación de la capacidad maternal.

La función primera del internamiento en hospitales o residencias es prevenir las enfermedades y curarlas. Cuando la curación no avanza mucho, el enfermo necesita que le alivien los dolores y malestares. Si persistieran esos males y aumentara la incomodidad, el enfermo debe ser simplemente cuidado. Ahí es donde entra la situación de muchos mayores acogidos a instituciones totales. En esa circunstancia es corriente que los familiares soliciten: “Póngale algo para que no sufra”. Realmente están diciendo: “Póngale algo para que nosotros no suframos”.

Un aspecto negativo de la reclusión en instituciones totales es la necesaria reducción del espacio. Habría que pensar que los enfermos terminales necesitan un poco más de espacio de lo que suele darse en hospitales y residencias. No deja de ser sarcástico el hecho de que haya regulaciones estrictas para el espacio que deben tener las gallinas en las granjas. Sin embargo, nadie parece preocuparse de ese problema cuando afecta a las personas que están internadas en una institución. Desde luego, resulta imprescindible la habitación individual por elementales razones de higiene y de privacidad. No parece una exigencia desmesurada, pero la realidad es que no se ha conseguido para el conjunto de las instituciones totales. Pensemos que en los hoteles hace tiempo que se consideró imprescindible que las habitaciones no fueran compartidas con extraños. Parece razonable que ese mismo criterio se adopte en las residencias de mayores o en los hospitales para todo el mundo. Solo las llamadas “unidades de cuidados intensivos” exigen las salas comunes por razones obvias.

A los enfermos crónicos o terminales les gusta mucho hablar de las enfermedades que han tenido en el pasado. Esa convención resulta reconfortante porque así pueden contar que han superado esos males o van trampeando con ellos. Puede incluso que la patología múltiple (siempre que se soporte) alargue la vida. Solo así se explica que los enfermos crónicos tiendan a exagerar sus síntomas cuando
hablan con sus iguales. Una consecuencia de todo eso es el orgullo característico de los viejos en ese estadio crónico o terminal al alardear de haber cumplido muchos años. Incluso a veces exageran los años que tienen. Suelen expresar el capricho de vivir hasta una edad determinada o redonda, por ejemplo, los 90 o los cien años. Esa conducta responde al mito de Matusalén que han tenido algunas  culturas.

Una angustia creciente de las personas con muchos años encima es comprobar que se van muriendo sus coetáneos. Puede que haya un chispazo de alegría en esa comprobación de la sobrevivencia, pero pesa más la soledad y, al final, el sentido de inutilidad. La depresión postrera de muchos mayores es la reflexión de “haber vivido demasiado”. Ahí es donde se ve que la muerte es sobre todo la muerte de los demás. Quizá el único consuelo de esa irreparable realidad sea la religión como esperanza.

Pero ese es otro capítulo.

Universidad Rey Juan Carlos (Alcorcón, Madrid), 30 de mayo de 2012.